El hombre volteó a observarla, inspeccionándola lentamente. Tras un momento, de rígida tensión en su mandíbula, empezó a hablar en un tono que emulaba tranquilidad.
¿Sabes Ilara Deik Ilaji? Siempre supe que desde lo alto de este balcón, las estrellas lucirían incluso aún más hermosas - sonrío - Lo único que lamento, es no haber tenido el coraje de escabullirme hasta aquí antes de todo esto, para disfrutarlas contigo.
La joven se encontraba sumergida en un silencio pétreo. Tuvo la certeza de que incluso hasta ese momento, nunca había prestado realmente atención a lo hermoso que era el cielo, ni siquiera en las despejadas noches de invierno en el desierto. El suave murmullo de un batir de alas acercándose, la devolvió de su ensoñación. Apretó con delicadeza entre sus dedos una pequeña botellita incrustada en joyas, que se encontraba oculta en uno de sus bolsillos. Solo entonces, desvío su atención de la pálida figura, que se desdibujaba lentamente al costado de su hombro.
Vete – Fue la única palabra que consiguió articular. Se sintió estremecer de ansiedad, noto como algo similar a una ráfaga de electricidad recorría sus poros, deseo gritar, quiso ser egoísta, anhelaba tener tiempo para decirle montones, no, millones de otras cosas pero tras un duro esfuerzo ningún otro sonido salio de sus labios. Lo observo palidecer al escucharla, al verlo abrir la boca albergo la esperanza de que él refutaría sus palabras, paso un instante y luego otro, pero nada paso. Finalmente tras un momento de silencio, el hombre llevo una de sus manos al rostro y estrecho su corta barba entre los dedos, en un ademán de perplejidad.
Finalmente inclino levemente su cabeza, la miro fijamente y dijo – Que así sea. Ilara se cumplirá tu voluntad – Era fácil advertir el odio en sus ojos. Fue en ese momento, que se escucho el primer disparo, seguido de una explosión.
Lo demás ocurrió muy rápido, mientras el hombre reaccionaba al estruendo, con una agilidad comparable a un felino y se arrojaba al suelo arrastrándola con él. Ilara luchó por voltearse hacia el interior de su recamara. Se supone que no había nadie ahí, ¿oh si? – Pensó - ¡Maldición! No lo recuerdo. Tras un esfuerzo, logro zafarse de él. Levantándose desde el suelo, sin prestar atención a sus protestas, hecho a correr, siempre encorvada en dirección a su alcoba. Las sirenas de alarma sonaban cada vez con mayor intensidad desde el interior de palacio, estaba segura que los guardias estarían en posición defensiva muy pronto. Sabia que Oscar estaría cerca, había sentido el batir de sus alas. Era imposible que estuviera muy lejos de Faldgan, incluso contra la voluntad de este último. Su especie era universalmente conocida por sus cualidades de inigualable lealtad, amena inteligencia, una gran fuerza y destreza, pero también por su tozudez extrema. El problema radicaba en que se requeriría bastante más que tan solo una criatura mágica, por muy grande que esta fuera, para evadir una turba enardecida de soldados. El momento es ahora, si existe el chance de cambiar todo lo que se ha perdido. Ahora es cuando. – pensó Ilara con desesperación. Mientras revolvía la segunda gaveta una voz familiar se inmiscuyo en sus pensamientos – 6 minutos Ilara. ¿Sabes que no se me permite inmiscuirme más en esto? La voz repercutió en su mente, cada vez más despacio, el tercer librero se encontraba volcado en su cama, cuando localizó el objeto de su búsqueda.
Lo sé, Desmark.
Encontró a Faldgan observando, desde el balcón, los sucesos que acontecían en la lejanía. Su mano se encontraba apoyada en la empuñadura de su espada, su cuerpo estaba tenso, siguiendo las detonaciones de la avanzada.